Hay gente que detesta El día de… (léanse: niño, madre, padre, amigo, san Valentín, etc.) y no sin razones valederas. Postulan que éstos son inventos comerciales (algunos importados de otros lejanos y desconocidos países), a partir de los cuales se intentan mover los sentimientos de los actores sociales quienes, para expresar su amor, cariño o X sentimiento hacia sus pares, acudirán a diversos comercios o prestadores de servicios, y realizarán una acción comercial extraordinaria (que redundará en beneficio de la economía local). Así, desmantelan el supuesto de que El día de… se construye sobre cimientos genuinamente altruistas y bondadosos, y, en cambio, dejan al descubierto las frías y superficiales motivaciones económicas. También, dichas personas suelen amparar su odio a dichas “festividades” argumentando que no necesitan “un día especial” para demostrar el afecto a, por ejemplo, una novia o un novio, ya que para ellos todos los días son jornadas para hacer una entrega desinteresada de amor y/o lo que fuere pertinente de acuerdo a la festividad en cuestión.
Yo, al ver todo esto, no puedo más que darle la razón a toda esta gente que pareciera estar contenta con la destrucción parcial o total de los ritos sociales, teniendo en cuenta el contexto actual de angustia y escepticismo de las sociedades en general. Pero… Que los ritos sean impuestos y promovidos desde una industria engañosa y que los medios nos interpelen a vivirlos como toscos eventos financieros encubiertos o no, no tiene porque estropear la oportunidad que las sociedades tienen de revitalizar eso tan necesario para el ser humano que constituye el rito social. Es decir, que las reglas del juego aparezcan rígidamente direccionadas por estructuras de poder económicas y mediáticas, no significa que las sociedades no puedan desarrollar ritos comunes otorgándoles valores y significaciones propias. Quizás esta sea la alternativa, otra manera de vivir en este mundo globalizado y siempre títere de los medios.
Como seres humanos necesitamos eventos extraordinarios, que rompan la rutina. Pero para hacer estallar una rutina, primero debe existir esta. ¿Quién puede hacer ejercicios de bondad y hermosas muestras de amor a su pareja todos los días? ¿Qué le pasó al mal humor, a la amargura, a la tristeza, a la tan sana mala onda? ¿Y eso de la imperfección y la contradicción eh? Es bueno que exista un día distinto, donde se suspendan los convenios y acuerdos sociales cotidianos, donde haya espacio para lo extraordinario, lo diferente: para la celebración. Quisiera imaginarme a un joven en la Antigua Grecia cuestionando a su progenitor en plenas jornadas Dionisíacas proponiéndole al mismo que “todos los días deberían ser días para honrar al Dios Dionisos”... Pero no puedo. Porque sé (sabemos) por medio de documentos históricos y demás legados que los griegos poseían un alto sentido de distinción y organización social y cultural, que los llevaba a realizar jornadas especiales que promulgaban una suspensión temporal e instalaban un tiempo de festividad: entonces, la fiesta regía la vida y las actividades de los ciudadanos de la pólis.
Cuando propongo, a partir de los ritos sociales que la sociedad legitima desde su folklore y reconoce como comunes, hallar el camino que conduzca a la resignificación de los mismos, hablo de hacer emerger una nueva conciencia, una forma de preservar nuestros ritos y no desmerecerlos o rechazarlos porque ellos son promovidos por agentes de dudosa ética e intenciones, agentes que pugnan por vaciar de sentido a los rites, reduciéndolos a meras oportunidades para que los negocios realicen ofertas y descuentos. Está en nosotros darles sentido a los ritos, con la promesa de una gratificante recompensa: de haber experimentado aunque sea por algunas horas ese tiempo extraño y a la vez conocido, efímero y eterno, placenteramente orgásmico, aquel amigo destronado tiempo de fiesta.
pd1: Mención y discusión aparte merecen el origen global y conceptual de estos ritos, su procedencia geográfica (y en el caso de que fuere una procedencia extranjera, su aceptación o no), su valor cultural y social como rito, etc. Pero el límite, madre de toda sabiduría inicial del aprendiz, nos llama a detenernos y reevaluar lo acontecido.
pd2: Ahh... ni Cupido ni San Valentín, aguante Eros, conchatuma´!
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